Interregno

Paco Chanivet - The fucking artist Paco
Chanivet

Instalación.

Medidas variables

"Era un lugar de extrañas interferencias, de inquietud y melancolía infinitas, el residuo eterno de alguna desgracia cósmica" Thomas Ligotti

 

En el espectador que desciende al paisaje abyecto que Paco Chanivet ha invocado en el Espai13 se inicia lo que literariamente se conoce como catábasis: un descenso a los infiernos, al horror, con tal de enfrentarse a él. Lo primero que se divisa en este sobrecogedor lugar es una Fuerza mecánica a ciegas, un artefacto inspirado en los antiguos planetarios mecánicos y coronado por una constelación de lo que Ligotti llama “glorias amorfas” que giran histéricas “como brillantes marionetas que bailan en la oscuridad”. Estas formas, que causan rechazo al tiempo que nos resultan familiares, son delirios formales inspirados en órganos y funciones fundamentales de nuestra especie: pensar, hablar y reproducirnos. Una criatura patética cuya anatomía ha sido retorcida y fragmentada como consecuencia de su exposición a la insensible pureza del cosmos. Un mecanismo monstruoso que orbita sobre sí mismo condenado a un movimiento hermético, alienado y autocomplaciente.

 

El espacio está cubierto por un mar de escombros de ruinas áridas donde la vida no tiene lugar. A pesar de ello extrañas flores brotan de los cascotes de una realidad recién dinamitada y convertida en El desierto de lo real. Estas flores son como organismos fractales, adaptados y supervivientes de algún tipo de desastre. Una plaga de organismos terribles en una zona de exclusión donde se deforman las leyes de la biología.

 

Situarse en este desierto es como estar en medio de una realidad que creemos confortable y entendible pero en la cual hay una enorme brecha. El escombro, la máquina, las flores, asoman por esa brecha, siniestros e inconfortables, irrumpiendo en la superficie de aquello que nos resulta familiar.

 

Al otro lado de la sala se vislumbra una dimensión inaccesible. Es la cosa que no se puede nombrar: La nube del no saber, la única forma en la que podemos atisbar el mundo impensable, inaccesible e incognoscible del que no podemos ni siquiera intuir sus dimensiones puesto que nuestro sistema cognitivo queda colapsado. Sólo se nos es dado ver esa exterioridad total desde la pequeña brecha abierta en lo familiar. A través de ella es donde podemos sentir el horror más absoluto y antiguo, el que se produce ante el vacío de lo que no podemos conocer por nuestras limitaciones, que no podemos nombrar porque no sabemos cómo. El vértigo de lo insondable frente a la obsoleta máquina de conocimiento humano, el universo en sí frente al universo para nosotros, ese que hemos creído domesticar en una ingenua visión antropocéntrica.

 

La cosa que no se puede nombrar ni aprehender tampoco puede ser descrita. Por eso durante la inauguración un guardián de ojos vacíos ciega las cámaras de los móviles con el sigilo de la palabra Adiafora (del griego ἀδιάáφορος, “indiferente”), nuestras principales máquinas de descripción de realidad.

 

Interregno es una experiencia atmosférica que respondería a la categoría que el teórico cultural Mark Fisher describe como “lo raro y lo espeluznante”. Lo raro como una extraña yuxtaposición de elementos que no deberían estar ahí, una anormal combinatoria de elementos familiares. La rareza, esa discrepancia de lo real, nos coloca en presencia de algo nuevo que sentimos como erróneo. Pero no sería en la realidad sino en nuestra concepción de la realidad - o de lo que proyectamos como tal-, donde se situaría el error. El error es el indicio de que nuestras reglas ya no sirven.

Y además se produce la sensación de lo espeluznante si nos enfrentamos a la pregunta: ¿Quién (o qué cosa) espeluznante produjo esta divergencia entre lo que creemos que es nuestra realidad y la realidad en sí?

 

Nuestra realidad es un mundo cada vez más impensable e incognoscible, en que los desastres inminentes, cambios climáticos o pandemias, provocados o no por la máquina de la existencia humana, acercan al planeta inexorablemente a lo que el filósofo Eugene Thacker llama “el mundo sin nosotros”. Este mundo especulativo es “un bestiario de formas de vida imposibles” que no podemos conocer, describir ni interpretar y por eso la mente se esfuerza siempre en volver a un territorio con reglas conocidas por la razón.

 

Ese esfuerzo de la razón se ve entorpecido en Interregno, que funciona como una cámara de extrañamiento cognitivo, como opera el género de la weird fiction (ficción rara). Al descender (catábasis) al sótano cósmico y atisbar el horror de lo innombrable, se produce en el visitante-víctima una desfamiliarización del mundo que le obliga a aprender las reglas de esa nueva realidad a medida que se sumerge en ella; y le enfrenta a la evidencia de que el Universo, más que hostil, es indiferente a nuestros devenires. Aquí el interregno (una etapa política sin soberano ni funciones gubernamentales), es ontológico: en el colapso de la civilización, lo existente apenas responde a las reglas conocidas pero empezamos a percibir las siguientes. Por las brechas de nuestro presente se empieza a colar aquello que no se puede nombrar, el gran bostezo del universo sin nosotros. Y es que, como dice Lovecraft: Las leyes humanas comunes, así como sus intereses y emociones, no tienen ni validez ni importancia en el vasto y amplio cosmos.

1 O P
Barcelona 2019, Espai 13 de la Fundació Joan Miró, Comisariado por Pilar Cruz, con Fito Conesa, Lara Fluxa, Fur Alle Falle, Verónica. En colaboración con TMTMTM, Hangar.org, Solver FX, PedroToolArt, Chopin y Fase.xyz

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